Faltaban sólo dos días para el examen de selectividad y yo me encontraba en esa hora indeterminada de la noche en la que no sabes si duermes o velas, tratando de asimilar toda la sabiduría de los grandes filósofos. Por aquel entonces odiaba profundamente la Filosofía así que aparté la vista de los apuntes para contemplar, a través de la ventana, la negra noche repleta de estrellas que invitaba a soñar. En ésas estaba cuando noté que unos ojos me miraban fijamente desde el otro lado de la ventana. En un primer momento creí que se trataba del reflejo de los míos en el cristal, pero eso era imposible… ¡La ventana estaba abierta!
¡Bah! –pensé- serán imaginaciones mías. Cerré los ojos convencida de que al volver a abrirlos esa mirada se habría esfumado, pero me equivoqué. Allí seguía, sin inmutarse.
Debo confesar que sentí cierto desasosiego ante aquella inexplicable visión. Incluso llegué a pensar que un espíritu atormentado había decidido hacerme la puñeta.
A punto estaba de reconocer que se me había ido la olla, cuando aquel ‘jodío’ gato, harto ya de mirarme, se dispuso a seguir su ronda y de un salto desapareció.